Las ciudades del futuro son un proceso colaborativo
El transporte está cambiando y moverse es cada vez más una experiencia centrada en el usuario. Pero ¿qué impacto tiene todo esto en los modos de transporte público ya consolidados en nuestras ciudades?

Recorre cualquier calle de cualquier gran ciudad y no tardarás en encontrarte con un patinete compartido, una estación de bicicletas en la acera o un taxi a demanda, todos accesibles con solo unos toques en una app. El transporte está cambiando y moverse es cada vez más una experiencia centrada en el usuario. Pero ¿qué impacto tiene todo esto en los modos de transporte público ya consolidados en nuestras ciudades? ¿Y cómo integrarán y regularán estos nuevos modos los planificadores urbanos y de transporte para que se conviertan en una parte fiable de nuestras ciudades del futuro?
En los últimos cinco años, la aparición de la micromovilidad ha transformado nuestros centros urbanos: la ciudadanía tiene más autonomía de elección y ahora puede hacer trayectos cortos en bicicletas o patinetes compartidos. Sobre todo en el último año, nuestras aceras se han llenado visiblemente de patinetes. Pioneras como Lime y Bird se convirtieron en las empresas estadounidenses que más rápido han alcanzado una valoración de mil millones de dólares, ambas en su primer año de vida. Esto dice mucho de la popularidad general y del interés del público por las opciones de transporte de última milla a demanda.
Pero la reacción de las autoridades municipales no siempre ha sido positiva. En algunos casos, la llegada de los patinetes ha encontrado resistencia, ya que las ciudades intentan controlar la saturación de las aceras y responder a la creciente preocupación por la seguridad; por ejemplo, cómo hacer que todos los modos convivan en las infraestructuras públicas existentes sin poner en riesgo a la ciudadanía. La estrategia de «llegar primero y preguntar después», clave en el crecimiento de estas empresas, ha resultado problemática para los servidores públicos, y en algunos casos las ciudades han tenido que imponer una prohibición total en respuesta a lo que podría considerarse una forma «de sentirse con derecho a todo» de poner en marcha un negocio.
¿Cómo pueden los organismos públicos proteger a la ciudadanía cuando las startups no quieren colaborar?
Pidiendo perdón en lugar de permiso, algunas startups han logrado adelantarse y cubrir un hueco en el mercado. Esto les ha permitido captar y definir una base de usuarios y arrebatar una parte importante de la cuota de mercado a los operadores establecidos. Pensemos, por ejemplo, en los taxis a demanda. La ciudadanía tenía un apetito latente por viajes privados más asequibles y Uber acaparó el mercado, pero ¿a qué precio? Esta es la esencia de la tecnología disruptiva: la tecnología moderna permite e impulsa el cambio. Pero el modelo de negocio de Uber es bastante conocido por cómo se saltó y esquivó las normas locales de transporte y chocó con los reguladores. De nuevo, este mismo modelo de negocio agresivo parece estar presente en el despliegue de algunos modos de micromovilidad: en algunas ciudades, las startups inundaron de un día para otro calles y espacios públicos de patinetes, sin pedir permiso.
Es, por naturaleza, disruptivo
Estés o no de acuerdo con cómo se desplegaron inicialmente estos servicios, eso no resta valor al hecho de que tanto la micromovilidad como los servicios a demanda (sobre todo si utilizan tecnología híbrida o eléctrica) ofrecen una alternativa sostenible y prometedora para quienes se desplazan en nuestras ciudades, cada vez más superpobladas y contaminadas. Los responsables políticos pueden elegir ahora entre adoptar una postura de confrontación o abrazar estas tecnologías «disruptivas» y convertirse en líderes de confianza que abran el camino hacia ciudades del futuro más justas.
En el pasado, algunas empresas han tardado en compartir sus datos de viajeros y han dificultado la posibilidad de crear alianzas avanzadas de colaboración con las autoridades municipales y los planificadores de transporte, optando por monopolizar los datos. Pero las ciudades se están dando cuenta y están redefiniendo las condiciones en las que pueden operar las nuevas plataformas de movilidad. Coaliciones lideradas por ciudades, como la Open Mobility Foundation (OMF), utilizan una herramienta digital llamada Mobility Data Specification (MDS), desarrollada por el Departamento de Transporte de Los Ángeles. La MDS se ha convertido en un estándar para las ciudades vinculadas a la OMF, ya que utiliza los datos de ubicación de patinetes y bicicletas para orientar la política de transporte. Coaliciones como esta, que buscan regular los servicios a demanda y devolver los datos al ámbito público, representan un posible modelo de referencia para planificar nuestras ciudades del futuro.
La tendencia hacia la micromovilidad y los servicios a demanda forma ya parte de verdad del día a día de quienes se desplazan. Pero, para lograr una mayor accesibilidad y mejores estándares de seguridad para los usuarios, es esencial que las empresas privadas de movilidad colaboren con las entidades públicas y no vayan en su contra. En Shotl creamos activamente este tipo de alianzas público-privadas y actualmente tenemos servicios a demanda en funcionamiento en Alemania, España, Francia, Finlandia, Suiza, el Reino Unido, Italia, Portugal y Estados Unidos. Creemos que son precisamente colaboraciones como estas las que están sentando las bases de nuestras ciudades del futuro.


