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Vehículos sin conductor: sin olvidar el factor humano

Los vehículos totalmente autónomos empiezan por fin a salir de las pistas de pruebas a las calles, y sus desarrolladores se están dando cuenta de que prestar un servicio de transporte implica mucho más que conducir.

Osvald Martret
· 4 min de lectura
Mano acercando un móvil a un lector de billetes sin contacto en un torniquete

Los vehículos totalmente autónomos empiezan por fin a salir de las pistas de pruebas a las calles, y sus desarrolladores se están dando cuenta de que prestar un servicio de transporte implica mucho más que conducir.

Tras muchos años de desarrollo, Waymo ha salido por fin a las calles de Phoenix (Arizona) con un servicio limitado de VTC a través de una app para los miembros de su programa de primeros usuarios. Es un paso de gigante para el proyecto de conducción autónoma de Google, pero todavía quedan infinidad de pequeños pasos antes de que sea algo cotidiano en nuestras calles.

Los expertos del sector llevan tiempo prediciendo con entusiasmo la llegada de los vehículos sin conductor, pero la realidad está tardando más en llegar. Aunque la tecnología y los resultados de las pruebas están ahí, todavía existen múltiples obstáculos para su implantación real, como el coste, la conectividad y la preocupación por la ciberseguridad y la seguridad.

Y luego están los retos secundarios, que solo se hacen evidentes cuando ya no hay un conductor humano de respaldo a bordo. Los ordenadores son excelentes respetando las marcas viales, las distancias de seguridad y los límites de velocidad. Sin embargo, hay otras funciones más cotidianas, pero igual de importantes, que hacemos sin pensar y que requieren una programación compleja para que una máquina las reproduzca, como comunicar a los pasajeros cambios de horario o de los puntos de recogida y llegada. A veces, las interacciones humanas más sencillas y espontáneas son las más difíciles de imitar para un ordenador.

Hay grandes oportunidades para las lanzaderas sin conductor a demanda, así que Shotl colabora con empresas como Sensible4 dentro del programa FABULOS, aportando tecnología para la reserva de viajes, el despacho de vehículos y las rutas dinámicas. Este y otros proyectos similares nos ayudan a entender los retos que implica alcanzar la automatización total.

Por ejemplo, ahora mismo, cuando un pasajero hace un viaje reservado con nuestra app, es el conductor quien registra en el sistema que la recogida y la llegada se han realizado, y quien marca a los pasajeros que no se presentan. Pero ¿cómo reproducirá una máquina esta tarea tan importante? ¿Y cómo comprobará que la persona que sube ha reservado realmente un viaje?

En las pruebas, los vehículos sin conductor llevan a bordo un «agente de seguridad» humano que puede hacer estas tareas. Sin embargo, queremos avanzar hacia sacar a ese agente del vehículo y llevarlo a un centro de control desde el que pueda supervisar varios vehículos a la vez a distancia. Y, más adelante, trabajamos para lograr el reconocimiento y el registro totalmente automatizados de los pasajeros. La cuestión ahora es cómo conseguirlo y si la tecnología disponible puede ofrecer la solución.

Una opción podría ser un sensor en la puerta que cuente a los pasajeros que suben y bajan. Otra posibilidad es usar sensores Bluetooth o NFC para detectar el smartphone con el que se ha reservado el viaje y dar acceso al vehículo. Otra más podría ser la tecnología de reconocimiento facial, que ya se usa en algunos lugares para el acceso a eventos o en el control fronterizo.

Sin embargo, aunque parte de esta tecnología ya existe, lo que no sabemos es si está a la altura del mayor reto de todos: prever la naturaleza humana y tenerla en cuenta. Por ejemplo, en las lanzaderas pequeñas (donde instalar barreras no es práctico), ¿cómo sabemos que cada pasajero esperará educadamente a ser identificado antes de subir? ¿O subirá toda la fila detrás de la primera persona que consiga acceso? ¿Y cómo evitamos que suba quien ni siquiera ha reservado?

Cuando hablamos de vehículos sin conductor, lo primero que suele venir a la cabeza de la gente, y en lo que se centran los desarrolladores, son las grandes cuestiones que dan miedo, como la seguridad. Pero, a medida que la conducción autónoma se haga realidad, el ritmo del progreso dependerá probablemente de nuestra capacidad para resolver un sinfín de cuestiones secundarias relacionadas con reproducir las interacciones humanas cotidianas. Quizá, como en las cajas de autopago de los supermercados, siempre haga falta una persona para ocuparse de esos «artículos inesperados» (es decir, otras personas).

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